No soy una escritora, pero admiro a quienes sí saben hacerlo. Esa sensación de "cómo logró decir exactamente lo que yo pienso, con esas palabras perfectas", se intensifica cuando se lee a determinados autores. Robando Letra es eso: una recopilación de textos de esos grandes, que lograron hacerme sentir que yo nunca podré expresarme como ellos, pero puedo admirarlos, citarlos, disfrutarlos y pretender que otros los disfruten conmigo. Y a veces yo me animo a intentarlo, por qué no?.
28 de abril de 2007
La habitación cerrada, de Trilogía de Nueva York
" Vagabundeé mentalmente durante varias semanas, buscando la manera de empezar. Toda vida es inexplicable me repetía. Por muchos hechos que cuenten; por muchos datos que se muestren, lo esencial se resiste a ser contado. Decir que fulanito nació aquí y fue allá; que hizo esto y aquello, que se casó con esta mujer y tuvo estos hijos, que vivió, que murió, que dejo tras sí estos libros o esta batalla o ese puente, nada de eso nos dice mucho. Todos queremos que nos cuenten historias, y las escuchamos del mismo modo que las escuchábamos de niños. Nos imaginamos la verdadera historia dentro de las palabras y para hacer esto sustituimos a la persona del relato, fingiendo que podemos entenderle porque nos entendemos a nosotros mismos. Esto es una superchería. Existimos para nosotros mismos, quizá, y a veces incluso vislumbramos quiénes somos, pero al final nunca podemos estar seguros, y mientras nuestras vidas continúan; nos volvemos cada vez más opacos; más y más conscientes de nuestra propia incoherencia. Nadie puede cruzar la frontera que lo separa del otro por la sencilla razón de que nadie puede tener acceso a si mismo. "
16 de abril de 2007
¿Qué quiso decir?
Cuando el segundero llegue, será el salto.
¿Salto mortal o salto vital?
No importa, el vértigo dura un segundo.
El segundo posterior ya no es vertiginoso.
Y la espera es tediosa.
Cuando los segundos se cuentan se enlentecen.
Se ponen pesados, haraganes.
Y alimentan la ansiedad.
20, 19, 18...
Falta menos, pero falta.
Si se pudiera pensar mientras el tiempo transcurre.
Se hace difícil. Insoportable.
La tensión domina cada instante, que no son segundos.
11, 10, 9...
No importa el después, importa ahora.
Y el salto. Eso.
La mente se exalta, las ideas se enloquecen.
La adrenalina fluye. El corazón palpita.
Llega, llega.
3, 2, 1...
5 de abril de 2007
Otra del nano
¿Qué impulsa a un tipo, que no se gana la vida con la literatura, a escribir, sea actor o veterinario, pongamos por caso? ¿Por qué hay gente a la que le basta su rutina, en algunos casos maravillosa, y hay picaflores que necesitan probar de aquí y de allá? Pues, qué sé yo... Acaso sea el deseo sin tregua de mostrarse de tantas formas distintas como sea posible, de reconocerse al derecho y al revés, de expresarse a los cuatro puntos cardinales, de dar salida a los fantasmas que nos circunvalan de las tripas al cerebro y viceversa, junto a la necesidad de comunicarse con sus semejantes e incluso más allá, con el resto de los seres vivos. ¿Qué impulsó en este caso concreto al señor Rabinovich a escribir este manojo de cuentos? Francamente y aun a sabiendas de que lo más probable es que me equivoque, creo que, tratándose en este caso de un autor que es escribano, argentino y judío, además de las suposiciones anteriores le ha estimulado el descubrimiento de que a medida que uno ventila por escrito sus pesadillas y sus sueños, sus visitas al analista se van espaciando y uno dispone de más tiempo libre para sacar a mear al perro e invierte menos plata en calidad de vida. Deseando que disfruten estas historias; que el duende manso del vino, como diría el maestro, nos acompañe sin rencores; que las mujeres nos sigan amando dentro de nuestros merecimientos, y sobre todo que la naturaleza nos permita responder a sus requerimientos como caballeros, aprovecho la ocasión para saludarles afectuosamente y todos tan contentos. Todos, a excepción del analista de Daniel.